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En la vida de Susana, la ansiedad y la depresión son dos sombras que se cernieron sobre ella desde temprana edad. Un sufrimiento cotidiano que Susana mitigó el día que se embarcó en una innovadora terapia que combina la psicoterapia clásica y el uso de la ketamina. Una experiencia liberadora que Susana testimonia aquí en primera persona.

"Y la vida siempre me ha dolido, siempre ha sido pequeña, y siempre he sido infeliz". Los versos de Álvaro de Campos, heterónimo de Fernando Pessoa, del poema "Passagem das Horas", bailan en las palabras de Susana. Resumen el sentimiento que la acompaña desde hace años, la sombra profunda que se cierne y se apodera de cada rincón de nuestro ser más íntimo: la depresión. Susana probó varias terapias y medicamentos. Las mejorías, dice, "fueron limitadas en el tiempo". Con la maternidad y un problema psiquiátrico que afectó a uno de sus hijos, Susana también empezó a tener ataques de ansiedad que, como ella misma cuenta, "eran constantes". Finalmente decidió someterse a psicoterapia asistida con ketamina. Susana acudió a La Clínica del Cambio, una organización que utiliza un enfoque terapéutico que propone una combinación de psicoterapia clásica y el uso de fármacos, concretamente ketamina. Un tratamiento que ofrece la posibilidad de abordar problemas psicológicos complejos y recurrentes. Un método que alcanza un nivel de conciencia más profundo, siempre con el apoyo de médicos y psicoterapeutas.

En el caso de Susana, el balance no puede ser más positivo. Su vida ha cambiado a mejor. "El ambiente, el contexto y el apoyo" en el que se desarrolló la terapia "fueron realmente reconfortantes". El verano pasado, por primera vez en mucho tiempo, Susana miró el mar azul de otra manera, se metió en el agua y disfrutó de ese momento de evasión. En la vida de Susana, la ansiedad sigue acechando, aunque mitigada, porque es natural ante los problemas de la vida. Es más, "es absolutamente nuevo" cómo consigue ahora superar su ansiedad y disfrutar de la vida.

Una vez establecido el escenario, entendamos mejor la historia de superación de Susana y cómo años de sufrimiento y dolor son ahora un recuerdo rememorado con una sonrisa en un relato en primera persona. Hay palabras que adquieren un significado profundo, y las de Susana están en ese cuadrante narrativo.

Dolor

"He tenido una historia de depresión casi desde que me conozco", nos cuenta Susana, recordando su adolescencia, "aunque entonces no me daba cuenta realmente de lo que me estaba pasando". Susana cuenta que vivió "siempre luchando contra ese malestar, aunque tenía una vida absolutamente normal, plena e incluso feliz. Pero se cernía sobre mí esa nube oscura que me hacía sentir que no disfrutaba de las cosas. Era sobre todo una sensación de vacío, de pérdida de conexión con todo lo que me rodeaba, de falta de sentido."

El momento llegó cuando a Susana le diagnosticaron "un estado depresivo. Me medicaban sin que hiciera mucho efecto en mi estado de ánimo, hacía terapia, iba a médicos, sobre todo psiquiatras que hacían psicoterapia. En un momento dado, llegó un fármaco innovador, el Prozac, y realmente transformó mi forma de sentir la realidad y de vivir mi día a día."

Susana confiesa que "fue una época en la que pude hacer muchos cambios. Compré una casa, empecé a vivir sola, me sentí con energía, conocí al que hoy sigue siendo mi marido". Sin embargo, "esto funcionó, pero de forma limitada en el tiempo. Cada vez que dejaba o intentaba dejar la medicación, los síntomas volvían con gran exuberancia".

"Desde el momento en que fui madre, mis síntomas cambiaron. Lo que antes eran síntomas depresivos se convirtieron más bien en ansiedad", subraya Susana, que añade: "Mientras tanto me estabilicé mucho. Pero cuando mis hijos crecieron, cuando se hicieron adolescentes, uno de ellos tuvo problemas muy graves. Fue la necesidad de afrontar estos problemas, que también eran psiquiátricos, lo que me llevó a pedir ayuda terapéutica de nuevo."

El cambio

Llegó el día en que Susana escuchó de su psicólogo las palabras que cambiarían el curso de su vida: "El psicólogo pensó que podría optar a un tratamiento con ketamina. Así que me armé de valor y decidí probarlo", cuenta Susana, que utilizó la innovadora terapia en la consulta de La Clínica del Cambio. "Y me fue muy bien, muy bien. El balance es muy positivo", dice Susana.

"Terminé una sesión de ketamina de muy buen humor. Por supuesto, empecé con inquietud. Era algo completamente desconocido para mí. Nunca había estado expuesto a los psicodélicos. Era completamente nuevo para mí. No sabía cómo me iba a sentir, pero fui. La primera vez, naturalmente, estaba más nervioso, pero aquí el ambiente, el contexto, el acompañamiento, fueron realmente tranquilizadores".

Susana detalla la sensación de bienestar que le produjo cada una de las cuatro sesiones: "Hay un momento, cuando estás a punto de dormirte, en el que ya estás soñando, pero aún no estás dormido. Así es como puedo describir lo que experimenté durante las sesiones". Después de ese primer momento, "empezaron a aparecer imágenes concretas, imágenes que asocio mucho con los cuadros de Salvador Dalí. Hay un problema, enunciado de forma simbólica que no sé interpretar, pero encuentro soluciones en el propio viaje que se hace para tratar este problema".

Liberación

Después de la terapia, Susana confiesa que "controlo mucho más mis emociones. Vivo mucho más el presente" y añade: "Hay otras cosas curiosas: parece que mis sentidos se han agudizado. Esto fue muy claro poco después de someterme al tratamiento. Salía a la calle y, quizá porque estaba menos ensimismada, mis sentidos estaban más despiertos: a los colores, a las sensaciones, al viento, a la sensación térmica, a ciertas perspectivas y encuadres en lugares por los que pasaba todos los días pero no me fijaba".

"Después de todo este tiempo, estoy segura de lo que digo: aunque no me he vuelto completamente inmune a la ansiedad, el tiempo en que se produce y la forma en que le doy la vuelta es mucho más rápida y eficaz que antes del tratamiento. Antes del tratamiento vivía en una constante ansiedad generalizada. Ahora no la siento en absoluto.

Lea el artículo en Sapo.

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