Por todo el mundo están surgiendo clínicas especializadas en el tratamiento de problemas de salud mental que se distinguen por el uso de la ketamina, una droga alucinógena que se consume con fines recreativos pero que, en dosis controladas por un médico, consigue lo que los antidepresivos no logran. En Lisboa, se llama The Clinic of Change. Cuenta con directivos y empresarios en tratamiento por agotamiento, entre otras patologías.
Autor: André Macedo
4 de octubre de 2024
Las ventas de medicamentos basados en sustancias psicodélicas que ayudan a tratar la depresión y otras enfermedades de origen psicológico alcanzarán los cuatro mil millones de euros en los próximos cinco años y están despertando un interés creciente entre los inversores. Hay un poco de todo en las mesas de los laboratorios de las decenas de start-ups biotecnológicas que investigan en este campo de la salud mental en busca de un nuevo éxito de ventas. El efecto dominó de esta inversión se reflejará en los productos que serán cada vez más visibles en el mercado a lo largo de los próximos años y también en el número de pacientes en tratamiento.
La MDMA, la ketamina [o cetamina], algunas especies de setas alucinógenas y otras sustancias están siendo objeto de intensos estudios y ensayos. Lo que se consideraba solo una reliquia de los años 60 del siglo pasado, vinculada al movimiento hippy, y que hoy en día estaba en cierto modo confinada a los consumidores recreativos y a los adeptos a la microdosificación, ha saltado de los márgenes y de la ilegalidad para irrumpir con fuerza en las consultas médicas con la condición de medicamento.
Lisboa no cuenta con ninguna start-up dedicada a la investigación en este ámbito tan delicado, pero hace poco más de un año, en julio de 2023, este estancamiento se rompió con la apertura de una clínica en Saldanha —aprobada por todos los organismos reguladores nacionales— donde se utiliza la ketamina para tratar a personas que sufren depresión prolongada y diversos problemas graves de salud mental. Lo extraordinario de este movimiento que empieza a llegar a Portugal es que incluso fondos de inversión procedentes de países donde rigen leyes penales muy duras para combatir el consumo recreativo de drogas —por ejemplo, Singapur— están invirtiendo cada vez más capital en este admirable mundo nuevo.
La explicación de esta fiebre del oro químico resulta más evidente que nunca cuando se trata de dinero: la enfermedad mental ha pasado de ser una vergüenza contagiosa a convertirse en un mercado sumamente rentable y atractivo. Las patologías psiquiátricas están en casa del vecino de al lado, afectan al compañero con el que trabajamos o se encuentran incluso dentro de nuestro propio hogar. […]
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Sin embargo, la depresión ha salido del armario y se ha convertido en un tema de conversación de lo más natural. […]
Las noticias publicadas en los periódicos y los reportajes de televisión y radio reflejan este repentino aumento de casos, como si nos enfrentáramos a una pandemia de enfermedades mentales. Naturalmente, no todo lo que se lee, se oye o se ve es riguroso; hay mucha especulación y demasiadas generalizaciones, pero eso no significa que se trate de un espejismo temporal: el problema existe, tiene envergadura y su gravedad es incuestionable.
Médicos, abogados, contables, deportistas de élite, directivos y empresarios: nadie es inmune a la depresión. Las razones están intrínsecamente ligadas a nuestro estilo de vida: la presión, sea del tipo que sea, las largas jornadas laborales, la conexión constante que fomenta el móvil, además de la intensa competencia profesional… son, en general, los problemas comunes que cada vez más personas relatan —sin olvidar las causas biológicas o las relacionadas con experiencias traumáticas.
La depresión, más o menos grave, el alcoholismo y la drogadicción —incluso en personas que hasta cierto punto son funcionalmente activas en el ámbito laboral— han ido adquiriendo cada vez más relevancia y se han convertido en un grave problema de salud pública. No faltan pacientes, lo que significa que el mercado mundial de antidepresivos mueve casi 20 000 millones de euros al año. En Portugal se venden 33 000 envases al día, lo que significa que en un año se recetan 12 millones de cajas, lo que equivale a más de una caja por habitante, aunque la distribución per cápita no sea esta; aun así, es obviamente una cifra enorme.
Ante esta generalización del uso de antidepresivos, ¿cómo se encuentra, pues, la salud mental de los portugueses? Si nos tomamos estas cifras al pie de la letra, el diagnóstico es claro como el agua: estamos en el fondo del pozo, lo que quizá sea una enorme exageración. Si observamos este exceso de consumo con cierta distancia, nos damos cuenta de que quizá haya un problema detrás del problema: más allá del exceso de prescripción y consumo, a menudo sin receta médica, destaca la incapacidad de los antidepresivos convencionales para resolver, parcial o totalmente, la enfermedad que se supone que deben tratar. Obtienen resultados, claro, la evidencia clínica lo demuestra ampliamente, pero hay patologías que, aun así, permanecen fuera de su alcance químico. Es precisamente aquí donde entra en juego el trabajo desarrollado por The Clinic of Change.
Creado por un grupo de socios entre los que destacan el expresidente de la Asociación Nacional de Farmacias, Paulo Duarte, y la psicóloga clínica Carla Mariz, además de realizar sesiones de psicoterapia convencionales, este equipo médico ha ampliado su arsenal terapéutico: a la psicoterapia le ha sumado la ketamina, logrando, gracias a esta combinación, una elevada tasa de curación entre los pacientes con depresión resistente, es decir, aquellos que no responden a otro tipo de tratamiento. […]


